jueves, 7 de abril de 2011

Insomnio (o de la locura alimentada por la luna)

Cierro los ojos,
luego de un día agotador y exigente,
¿qué busco?,
poder dormir.
No puedo,
y oscilo entre derecha e izquierda;
boca arriba y boca abajo.
No puedo dormir:
"¡Basta, Raúl!"
me grito desde mi consciencia.
Y estoy, en verdad, fastidiado.
Cierro los ojos y parece que han pasado horas.
-no, no tengo tanta suerte, pienso-
Sólo 2 minutos luego de zambullirme en mis más profundos pensamientos.
Así paso horas, horas y horas...

La vida con insomnio es diferente:
por la noche, con la luz apagada y la luna susurrándome
los secretos de los dioses,
con la ventana de mi cuarto abierta,
se distinguen sonidos;
los vecinos del piso de arriba llegando a su tercer orgasmo,
satisfechos,
-y yo aquí, encerrado a las cuatro de la mañana, leyendo libros de ciencias olvidadas,
preocupándome por cosas inocuas, escuchando como el mundo gira,
como duerme...-
la sirena agonizante de la patrulla, a lo lejos
-o cerca-
persiguiendo a algún desafortunado que le pareció sencillo,
o le resultó excitante,
robar un cuarto de jamón para poder comer algo en todo el día.
Los maullidos de los vigilantes del amanecer,
los guardianes de la noche y de mi insomnio.

Cada sonido es especial y emerge en el preciso instante:
es música.

Y, repentinamente, un zancudo intenta penetrarlo todo,
profanarlo todo,
todo, todo, todo...
¿qué piensa este instruso en mi cuarto,
en mi sinfonía, en mi insomnio?
¿Cree que puede llegar y deshacerlo todo, todo, todo?
Hasta que desiste, la pobrecita criatura desterrada del mismo infierno.

Y estoy solo, solo una vez más,
solo con mi insomnio.
Dan las 7 de la mañana, creo que es hora de dormir,
¿qué dicen, vigilantes del amanecer,
guardianes de mi insomnio?

-A ti, que regresaste a mí, ese mi insomnio.

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