jueves, 14 de octubre de 2010

-El título está pendiente-

Creado en una clase de Ortografía, hace -aproximadamente- 2 semanas. Colaboración de Janet Mérida Aguilar, compañera de salón, amiga de corazón, cómplice de aventuras y secretos. Esté o no bien redactado, tenga un tema o no interesante -que yo creo que sí, por la metáfora que puedes tomar de la casa- es nuestro primer intento de cuento, surrealista totalmente, nuestro primer intento de hacer algo juntos. Y eso ya tiene su mérito propio.

No había salida. La casa estaba sola, las puertas cerradas por alguien que no sabía quien era. Adentro, frío, vacío y con el eco rebotando una y otra vez a sus peticiones. Era aquel el lugar más hinóspito jamás imaginado. La casa ahuyentaba a los intrépidos visitantes, a aquellos que querían o intentaban querer habitarla. Esa casa de la que se alejan todos.
A los dueños o al dueño (no sabemos), lo o los acusaron de herejes. Yo sólo escuché que hubo alguien que los delató, algún católico, fanático -ya saben como son ellos- o en el peor de los casos un judío errante, judío tacaño de esos de su calaña, que si pueden comer piedras; lo hacen, si pueden beber tragos de la luna; se llenan de ellos.
Los acusaron, sí, los ahuyentaron, sí, y los mandaron a vivir como errabundos, sin tiempo ni espacio y todo por haber izado una de esas imágenes que venden en el centro.
-¡Salgan de la casa!- vociferaron los judíos y fanáticos.
-¡Por sus bocas exhalan al demonio! ¡Salgan Judas!- una voz ronca de alguno de ellos amenazó.
Con tono mohino los pobres (o pobre) pobrecitos habitantes, o habitante, soltaron al aire sollozos, tristes melancolías, sabían que esta vez ellos se alejarían de la casa.
Alguien a mi oído dijo algo, que no fue una persona; cohecho dicen, yo no creo nada. Ambos, malhechores, izaron la prueba del delito. El corazón se cohibe. La casa se derrumba. Ya no exhalamos nada más que la tristeza misma, la ausencia, el sueño o la invención de esa casa.

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