martes, 7 de junio de 2011

Inesperado.

Un buen caldo de pollo caliente, humeante, poco grasoso, ininterrumpido: eso me gusta. Comerlo poco a poco, intercambiando entre arroz, pollo y caldo; eso me gusta. Sentir el calor de la commida atravezando por mi boca, pasando por mi traquea, llegar a mi estómago: no hay nada como comer. Un buen vaso de agua de jamaica, como la que le gusta tanto a Isabel, para calmar la sed. Eso me gusta, y también me gusta Isabel.

Siempre me gustó, desde que asistíamos a la preparatoria. Jugábamos a enmarcar nuestros temores entre telarañas infectadas por la vergüernza de sabernos fuera. Fuera del mundo, fuera de la misma vida, fuera de lo cotidiano. Incluso jugábamos a ser cotidianos; nos inventábamos nombres, situaciones intermitentes y reacciones catastróficas. Cuando la beso siempre acaricio su cabello, entrelazo mis dedos con las redes que cuelgan de su cabeza: eso me gusta. Sus abrazos, tan bellos y fuera de lo normal, como un oso polar trotando por las praderas de algún monte perdido entre la inmensidad de este planeta. Cuando hacemos el amor, parece que no hay mañana, ¡hacemos y deshacemos al amor a nuestro antojo! Un paseo en bicileta también me gusta, mirar a las pequeñas niñas enfundadas en vestidos blancos, rosas, azules, jugueteando por aquí y por allá, botando la pelota, girando las manos para chocarlas contras las de sus pequeñas compañeras. Contemplar el eterno retorno de la felicidad infantil: eso me gusta.

Estar con mi hermana también me gusta; mirar las fantasías que corren por esos sus ojos brillantes, por esos mares que corren sin parar. Me gusta estar con ella, reírnos de cosas absurdas, escucharla sobre lo que ocurre en su vida cotidiana: que se enojó con Angélica, que Juan se pegó en la cabeza, mientras corría tras una pelota en el receso, que su maestra la regañó por no llevar la tarea.

Aunque también me gusta estar solo, estar conmigo, ensimismarme en mis más profundos pensamientos, en mis tentanciones, en mis vicios. Pensar, por un largo rato, cómo sería si la mitad de la humanidad se muriera, dejándonos en paz a los sobrevivientes. Pensar, por ejemplo ¿por qué la gente es tan estúpida? O cosas que nadie más piensa, como la constante inconstancia en el uso de adjetivo en la poesía de Benedetti.

Todo esto ronda por mi azotea, ahora que corre la sangre por mis brazos, que veo todo nublado. Al momento de tomar la navaja, pensé en Isabel, en lo triste que se podría poner, en lo egoísta que mi acto puede verse, pero no es así, no es egoísmo, es amor, es altruismo, es necesidad. Es necesidad de estar bien. Mirando el brillo reflejado de la luna en el metal de la navaja, pensé en el cuerpo perfecto de Isabel, en cada curva, en cada vello que cubre su cuerpo, en todos y cada uno de sus poros que emanan trementina. Mi mente evocó aquella dulce mirada que depositó por primera vez en mis labios, luego de ese nuestro primer beso. También recordé la comida, a mi hermana. No me estoy arrepintiendo, ahora que los ojos se cansan y parecen cerrarce mis párpados. No. Mis manos se empapan y caen pesadas gotas escarlatas iluminadas por la luna. Eso también me gusta.

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