Mi tío explicaba situaciones realacionadas con la Biblia: Por eso, el Dios al que rezamos es el mismo al que le rezó Abraham, Isaac y Jacob, somos iguales a los Musulmanes y a los judíos... no me interesó lo que estaba diciendo, me parecieron tonterías. Mi mirada se perdía en las manchas del techo blanco de la habitación, después se iban a la manta azul con la que mi abuela se cubría las piernas, todos rezando y yo perdido, ido, sin nada en que pensar, sin nada que hacer. Mi olfato -casi nulo siempre- esta ocasión parecía más agudo que nunca, percibía el olor apestoso, el olor a... muerto.
Seguían rezando, yo seguía perdiéndome en las manchas blancas del techo, en las miradas también idas de las personas con las que estaba. En un momento llegué a pensar que alguien más estaba en mi cuerpo, que yo observaba la situación desde el techo, que yo no estaba en mí.
"Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre Jesús..."
Y yo, sin pronunciar palabra, sólo gesticulando respondía:
"Santa María, madre de Dios, ruega Señora por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén."
En algún momento del rezo mi tío se percató de esto y me miraba con más atención que a mis demás primos, parecía que no me escuchaba, y en realidad no lo hacía.
Los perros que viven con nosotros, que son tres, irrumpieron en la habitación impregnada por las lágrimas, el desconcierto, la tristeza y la muerte. Nunca ladraron, jamás hicieron algo fuera de lo normal, parece que a ellos no les importó la muerte de mi tía. Yo era uno de esos perros; quizá.
"Ya no respira", dijo Pilar, entre lágrimas, con la voz cortada, parecía que en la garganta tenía un gato colgando de ella, en los ojos un mar que se precipitaba hacia el olvido, o hacia la destrucción.
Nadie dijo nada, el silencio de una tumba -que en poco tiempo se vería hecho realidad- se apoderó del cuarto, se impregno en las paredes, el color de las mismas ya no era blanco, era color soledad, era un color frío, un color silencioso, como un azul, más que un blanco... O eso me dijeron los que lloraron, los que sintieron que su corazón se hacía chiquito, las personas que sintieron que algo se les murió cuando ella murió.
En mí, nada murió, nada se desintegró, nada voló al cielo, nada transmutó, nada se hizo chiquito, nada implosionó. ¿Soy frío? ¿Soy tonto? ¿Soy estúpido? ¿No soy humano, o soy humano demasiado humano? ¿O no soy nada? Por no llorar, por no morirme con ellos, por no extrañar a mi tía.
Y mi tío sigue explicando situaciones de la Bilblia, y yo sigo perdiendo mi mirada en estas paredes blancas, envidiando a mi tía, que ya sabe que viene después de la vida.
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