domingo, 28 de noviembre de 2010

Amargura.

Y si la intermitencia de la vida se convierte en amargura de existir,
y si uno ya sólo respira por necesidad, no por gusto.

Cuando la sangre se vuelve pesada, y tiñe cada aspecto de tu vida.
En el instante efímero, en el sueño.

En el sueño eterno de la inconstancia de tu alma.
En el sueño eterno de esta imitación de vida.

Vives tanto en el sueño, lo conoces tan bien
que eres uno con él.

Te dejaste absorber por la obscuridad.

Cuando la amargura es tu felicidad, el amor se vuelve bengalas verdes contra la felicidad.
Si tu amargura se vuelve tu felicidad, has convertido tu espíritu en neutro.

________________

Los amargados.

No somos tristes, somos amargados.
Y ni siquiera es que "seamos", porque no somos nada;
estamos amargados.

La tristeza no nos pega, no nos da.
Sabemos vivir con ella, hacerla nuestra,
y ya es vital para nosotros, total y completamente necesaria.

Nuestra soledad se alimenta de la tristeza.
Impregna nuestros órganos, drena nuestra sangre y se aposenta ahí.
Rompe nuestras pupilas para ver através de ella.

Secuestra nuestro corazón y destruye nuestra alma.

No encontramos, sólo buscamos, y solos buscamos.
En la inmensidad de este mundo queremos creer que encontraremos a alguien, a alguien, a alguien.
Queremos creerlo, aunque sabemos que es mentira.

Tenemos corazón, sí, pero es nuestro lado obscuro.
Con doble moral; la mala y la peor.

Y nuestros sueños son los más pesados del mundo.
Cuando dormimos parece que morimos.
Es una muerte dulce, una muerte necesaria.
Es la muerte de muertes.
La muerte perfecta, esa que ni Jesucristo conoce.
La muerte deseada por cualquiera, pero que sólo nosotros conocemos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario