sábado, 6 de noviembre de 2010

¿Y el América?

Los mariachis de Garibaldi son situación anecdótica. Alguna vez Juan tuvo un choque ahí y, tremendo como es él, quiso masacrar a aquel conductor imprudente que había deshecho su taxi. Bajó vehemente como él sólo, con sus gafas imitación Ray-Ban, su playera negra de tirantes, aquel bigote característico suyo que invitaba a la lucha. Miró a su rival por el retrovisor, "pan comido"; pensó, "un esquelético, falto de músculos y cara de puto"; susurró. Apagó el auto, salió de él, cerró la puerta, y mientras caminaba hacia su rival, los mariachis de Garibaldi interpretaban esa vieja canción que le recordaba a su Bertha, su eterna Bertha, siempre ella. Así la furia escarlata de sus ojos cambiose por una sonrisa entremezclada con tristeza, y su sudor causado por la arritmia en su corazón al imaginarse los golpes que le propinaría a su contrincante, se tornó en humedad corporal por el nerviosismo de pensar en su Bertha. Al observar esto, los mariachos llevaron su música hacia el taxi del señor Juan, siguieron interpretando esa canción, cada vez con más emoción, con más sentimiento, con más belleza.

Total que su rival se percato de dicha función y decidió bajarse a acompañarlo, ajustó su playera, cerró su auto y se dio una última peinada mirándose en el espejo retrovisor. Acercose al Señor Juan, y con voz amable le invitó una cerveza, el Señor Juan -tan borracho como enamorado que era- la aceptó. Y así una golpiza segura, se convirtió en borrachera segura, con todo y mariachis de Garibaldi.

No hay comentarios:

Publicar un comentario