Llegamos al Jardín de los Recuerdos. Durante el trayecto nadie habló, ni una sola palabra, el radio apagado, las ventanas arriba. El sepulcro parecía ser ese Honda 2000 en el que íbamos. Mi madre preguntó cómo se sentía a mi padre, el sólo la miró con una ternura que jamás he observado en alguien, no dijo nada, pero expresó todo con esa mirada. Mi hermana se preguntaba que pasaba y mi madre, con esa ternura que sólo las mujeres tienen, le explicó que mi tía, María de los Ángeles Aguilar Rojas, había muerto, que ahora estaba con Dios. A lo que Ximena respondió, que por qué si Dios nos quiere tanto nos mata... Nos quedamos callados, pronto sabrá que hay preguntas sin respuesta, y respuestas sin preguntas.
En el cementerio, se percibía un aire de tranquilidad, serenidad e incluso, me atrevo a decir, de alivio. Desayuné algo, rápido para tener tiempo de rezar antes de sepultarla.
Otro rosario. Sigo sin entender la esencia de los rosarios, quizá mis conocimientos y pensamientos son bastante limitados como para entenderlos, o tal vez, son una estupidez.
Lágrimas, más lágrimas, gritos, más gritos, argumentos estúpidos para situaciones estúpidas. Ya, murió, déjenla morir en paz.
María de los ángeles, ya estás con los ángeles.
Rezamos un rosario e hicimos la liturgia, más lágrimas. Esta parte no me interesa, ya que se respiraba un aire impregnado hasta los más pequeños átomos de hipocrecía y arrepentimiento.
llevaron el ataúd a un costado del lugar del entierro. Todos lanzaron flores, yo lancé bendiciones.
La hipocrecía crecía.
Al final, creo que todos nos dimos cuenta que seremos alimento para los gusanos.
Wooow... profundo
ResponderEliminar