miércoles, 12 de enero de 2011

El amor mata.

El camino empezó en La Guerrero, íbamos en el carro; mi novia, un amigo, mi primo y yo. Sofía con la playera de los pumas, al igual que mi primo; Vicente y yo, con la del América. "A ver a qué hora, cabrón", dijo mi primo cuando bajé del edificio en el que vivo y me aproximaba al auto. Esbocé una sonrisa, Juan, el hijo de mi tío, siempre ha sido grocero, irreverente, malemadrista, pues, en realidad estas características le han ganado a pulso que todos le digan que el no nació para irle al América, sino, al contrario, el América nació por necesidad de él. "Déjalo en paz, siempre lo jodes", contestó Sofía. "Maricas, ni aguantan nada..." Yo no dije nada, creía que era el choque natural entre un Virgo y un Capricornio, entre un hombre y una mujer, entre un ingeniero y una periodista, entre un americanista y una puma.

El auto estaba apagado, como se calient el motor, cada vez que se apaga, debemos salir a empujarlo, en lo que uno se queda dentro de él para el momento en que se encienda, él, con la llave puesta, ponga en marcha el auto. Sofía era la encargada de esta acción y nosotros 3 a empujar, al fin encendió y abordamos el Clío plateado. "¡A huevo, esa es mi chava!", vociferé mientras la adrenalina me subía y extrañamente me excitaba al verla con su sonrisa pícara, seductora y esos labios que me invitaban a besarlos, a cercenarlos, a morderlos, a beberlos, a comerlos. "¡Cállate culero!", gritó Vicente y con esas palabras terminó mi fantasía. Sofía se pasó a los asientos traseros y mi primo se encaminó al asiento del conductor. Arriba del Clío se escuchaban canciones de Zoé, Caifanes y demás, comenzaron las apuestas, mientras nos dirigíamos al Estadio Azteca para el partido, "Tus pinches gatitos no les hacen ni cosquillas a las águilas" comenzó Vicente a molestar a los demás, abrazándome como podía en aquel auto tan compacto y riéndose de su propio chiste, yo lo acompañé y aseguré que sería una goleada, una tremenda paliza. Sofía no decía nada, sólo me miraba, con esos ojos negros, intranquilos, obscuros. Cada mirada que despositaba en mí me reanimaba, me mataba y resucitaba.

Al fin llegamos al estadio, con los boletos en la mano, y entonando cánticos nos dirigimos a la entrada, Sofía me dijo que compraría un refresco con un señor que estaba a unos cuantos metros de distancia de donde nosotros nos encontrábamos, la acompañe y comenzó a besarme enmedio de la explanada del estadio, yo, fuera de mí mismo ya que muy pocas veces me besaba de esa manera, me desconcerté, me salí de mí. Me dijo algunas palabras al oído y nos fuimos a un costado del estadio, donde estacionamos el auto, y ahí afuera del auto, escuchando los alaridos del estadio hicimos el amor, con el riesgo de que alguien nos viera.

Ya por fin, al medio tiempo, ingresamos al estadio, el partido seguía empatado, sin goles. Nos preguntaron donde estábamos y les dijimos que no nos dejaban pasar por los porros. En ese momento sentí que mi alma descansaba, que era uno nuevo.

Ek partido finalizó con un empate a un gol, nadie perdió e intercambiamos playeras los 4, los pumas con la de las águilas y viceversa. Jamás sentí a Sofía tan tranquila, tan enamorada de mí (en realidad no sabía a ciencia cierta si estaba enamorada o no de mí) como en esa hora, no me dejaba de abrazar, me besaba suave, como creyendo que me mataría de tanto amor. Me miraba de una manera tan sutil, con tanta paz que no podía evitar decirle que la quería. Yo me bajé nuevamente en La Guerrero, y ya en mi cuarto recibí una llamada de Vicente; "Sofía se suicidó", fue lo que dijo, yo no lo creí y lo desmentí en cuanto terminó la frase, me enojé y le colgué. "Cómo se atreven a jugar con algo así", susurré. Volvió a marcar mi amigo y me lo repitió, me explicó como la habían encontrado y supe, en ese instante, que no era broma, los nervios destrozaron mi cordura y desgarraron mis músculos. Salí de mi casa y corrí al metro, corrí como jamás lo había hecho ni lo haré. Me bajé en la estación que prefiero no nombrar y corrí, nuevamente, a su casa, había patrullas y yo gritaba "Puta madre, puta madre" no me cansé de gritarlo y correr. Los policías me quisieron detener a la entrada pero le dí un puñetazo a uno y entré. Su cuerpo ya estaba tapado con una sábana, estaban Vicente y mi primo en la casa. Lloré como nunca lo hice, lloré por la pérdida de la sabiduría, por la pérdida de la que era (y aún ahora es) mi razón por vivir.
Me dieron una carta que escribió antes de colgarse, la cual decí así:

"Hoy conocí el amor, me di cuenta que soy feliz, tengo al que creo, y, más allá, siento en mi corazón y alma, que es el amor de mi vida. Hoy hice el amor con él, fue maravilloso, bebí estrellas, tomé un arcoiris, hablé con un unicornio... no puedo permitir que la vida continúe, creo que es el momento perfecto para acabar con mi vida. Te amo Daniel, desde hoy, seré tu espíritu neutro"

Y hoy, que relato su historia, seré su espíritu neutro, seré para siempre de Sofía, estaré con ella...

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