La gárgola que cuelga de tus manos,
esa misma; la araña trepada en tus labios,
la que admiras, a la que idolatras,
aquella araña se incrusta en tus ojos;
te deja ciega.
Ciega y no ves el colibrí
que intenta beber de tus lágrimas,
aquel arácnido tejió sus enredadas telarañas
en tu corazón, en tu espalda, en tu cerebro,
destruyó tu tímpano,
impregnó de trivialidades tus pensamientos.
Y por más que aquel colibrí,
perdido colibrí,
grite tu nombre,
coma tus flores,
quiera beber de tus pupilas,
tú no lo ves,
no lo sientes,
no sangras con él,
no lo besas.
Haga lo que haga esa araña
no podrá
-nunca-
hacer
-ni ser-
lo que el colibrí hace
-y es-
la imperfección lo perfecciona,
es como lo efímero del arcoíris,
como el eclipse de luna,
igual de finito que la carne,
tan imperfecto como el camino a la perfección.
Contigo aquel colibrí perdido,
aislado,
sería como dios,
más que dios,
sería la misma vida.
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