jueves, 22 de abril de 2010

Huracán.

"Clausurada, sellada,
sola y triste y enferma..."
-Jaime Sabines.
¡Se acerca una estampida!
Soledad a flor de piel.
Parecen bisontes,
(pareces un encendedor iluminando en la penumbra).
Aguanto un segundo más,
no por inhercia (sino por esperanza).
Planto bien mis pies,
afianzo bien mis piernas.
Esta ola de soledad amenaza con despedazarme, con acabarme, con aniquilarme, con destruirme, con torturarme, con matarme. Puedo ver en los ojos de la Soledad, puedo saborear su sed de mí, su hambre de mi cuerpo, su necesidad de destruirlo y acabar con mi tranquilidad, con mi paz, con mi paciencia. Sus labios están secos, necesitan beber mi odio, beber de mi desesperación, de mi impaciencia, de mi infelicidad. En sus ojos puedo ver mi reflejo; mi debilidad se denota, mi flaqueza, mi gusto por ella, mi miedo hacia ella, mis ojos se reflejan en sus ojos, mis ojos que parecen sus ojos, mis ojos que por mucho tiempo han sido sus mismos ojos, mis ojos, sus ojos, nuestros ojos, unos mismos ojos, los ojos de tus ojos, tus ojos mis ojos, los ojos de la Soledad. La Soledad es fría. Y Puedo oler su aliento seco, pestilente, como un insenticida (ya que no se ha alimentado). Trata de tocarme y acabar con mi sonrisa, trata de gritarme y que su aliento insecticida penetre mis naricez y mi cerebro para llenarme de ella, para luego llegar a mi torrente sanguíneo e invadir así mis órganos; mis pulmones (que dudo haya espacio en ellos para otra cosa que no sea cáncer), mis riñones, mi corazón. Trata de besarme con esos labios secos y volverse a llenar de mi odio, de mi desesperación, de mi impaciencia, de mi infelicidad. Lo intenta. Yo la alejo, la evito (y más esta tarde en la que todo parece querer estar una vez más en mi conveniencia), le grito con toda mi fuerza almacenada por años que no entrará nunca más en mi, le arrojo sus pertenencias, le arrojo sus viejos arapos los que aún tenía en mi posesión y me recordaban -con tristeza- lo que alguna vez fui... pero no puedo, no puedo (¿O no quiero?) deshacerme de ella, es vital para mi, es como una droga para un junkie, sin ella muere de locura. Sea que no pueda o que no quiera, desisto de mi intento, bajo la guardia, bajo la mirada, le abro el paso, cierro los ojos (por lo menos para no presenciar el momento de su entrada a mi ser), abro la boca para que entre más facilmente... pero de pronto, en ese lugar, en ese momento, en ese instante, en esa situación; apareces, te presentas, como con el Sol entre las manos, como con todas las estrellas en tu cabello, como si trajeras todo el amor guardado en tus bolsillos, con una sonrisa dibujada en tus labios (que no están secos como los de la Soledad). Tu. A quien menos esperaba, por quien no hubiera apostado que ingresara en escena. Llegas, distraes mis pensamientos, y me agito, mi corazón comienza a palpitar de una forma descontrolada y arrítmica. Me incomodo, los nervios se apoderan de mi, y tu sin decir una sola palabra alejas a esa Soledad que se da cuenta que no puede contra ambos, se retira amenazando con volver, amenazando y gritando intentando penetrar en mi. Vocifera y ya no la escucho, mi mirada va contigo, mi mirada te sigue, mi olfato no presencia ya un olor insecticida, ya no. Ahora veo tu Sol y tus estrellas.
Y aunque no duró mucho, y te fuiste mi mirada no ves los ojos de la Soledad, sino sólo los tuyos.
Y aunque te fuiste, aliviaste (sin saberlo y sin quererlo) una tarde.

-Ayer en las bancas de la Universidad, mientras el viento nos arrojaba al cielo.

Uno no sabe lo que le espera en la vida. Gracias.

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